

Itinerario
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En la mitad de la
calle del Loreto, el “losado” del Salvador, como alta tribuna
de sillares, - rampa, escalinata y muro -, domina. La madrugada
del Jueves Santo se ha revelado alta, y las campanadas de
las doce, de la una, desde las torres barrocas del templo,
han caído diluidas sobre las majestuosas marchas
de la música y las trompetas de los “armaos”. Desde
el “losado” la perspectiva de las luces vacilantes acercándose
lentas, cadenciosas, alejándose a lo hondo de la
calle entre capuces y brillos de varales, pone puntos suspensivos
a la visión de los pasos que, al discurrir a la altura
de los cabezas de los espectadores asomados al muro, iluminados
por fanales y candelabros de ceras vivas, evidencian su
plasticidad.
La Magdalena, en alta peana, camina al Gólgota con
su pomo de perfumes. El Amarrado, con sus morados, sus platas,
las cambroneras de los sayones, Señor de la Columna,
amor y corazón de su pueblo, arrastra penitencias,
lágrimas, polainas y flecos de “armaos”, el macero,
el longino a caballo, el redoble, los clarines. Mientras,
los racimos de luces del Ecce-Homo han girado ya al fondo,
lejano, de la calle, y la Coronación ha alcanzado
el muro, mecida por sus capuces granate, trémula
de música y de cera. Se acerca el Rollo, cofradía
señera, rumorosa, entre el rojizo de sus faroles
y de sus terciopelos: estandartes, bocinas, pertigueros
con altas caras, trompas y cajas de la banda, y el trono
con suave balanceo, majestad de su Cristo atado, coronado,
penduleando las borlas de sus cordones, Pilatos altivo y
aristocrático, romano elegante, de casco y lanza,
todo entre las inflorescencias de luz de sus candelabros
de rizada cristalería. La Sentencia. Entre grandes
faroles mate, se alza el Cristo aterido de tortura, sobre
la tostada riqueza de sus andas. Avanza con dulce vaivén
la Caída. El Señor, bajo la cruz, intenta
apoyar su mano, y nos ha mirado con sus ojos tristes, reflejando
las llamas de los faroles. Entre lirios, en el otro costero
de la peana poblada de santos, dos niños lloran de
pie, y muestran al pueblo – que no puede ver desde ahí
el rostro del Señor – el paño de la Santa
Faz. Avanza el Cristo de la Misericordia arrastrando su
túnica recamada, el brazo extendido, la larga cruz
al hombro, sobre un campo de iris, entre ramajes de velas
con coronillas, el Cirineo atento, rítmico, destellando
el oro limón de su trono, sobre la blancura y el
rojo de sus anderos. Se alejan las capas y capuces de los
nazarenos, los estandartes bordados, las gorras e instrumentos
de las bandas, la espalda de los Cristos, los tronos...
Y ya toda la calle es del Nazareno: negros y granates terciopelos,
cruz de dorados y espejos, faroles de plata, estruendo de
tambores, bandera bordada, revuelo de niños en grupos
ya cansinos, estandartes; en lo alto de pértigas
vestidas, grandes medallas con pinturas, dalmáticas,
incienso. El Cristo de la Pasión va llegando entre
fanales de plata y cera morada, meciendo su túnica
y su cruz, retemblando sus potencias, la Madre de rodillas,
amarga, San Juan inclinado hacia ella, brillándole
su nimbo. Soportan su pesadumbre mujeres silentes y encapuchadas.
La Verónica. Suntuosidad del estandarte, del trono
de tornapuntas, jarroncillos repujados, tallos de tulipas
con cera azul. El paño es blonda marfil, remangándolo
la brisa. Figura plantada en trance de Salzillo, se recorta
alta en el cristal negro de la noche. Se aleja lenta, en
la suave danza de sus anderos. Llegan el estandarte de rocallas
de Nuestro Padre, los pendones bordados y de damasco antiguo,
la banda de música con una marcha solemne, trompetas
con galas recamadas, tunicones de lujo, y el Libro de Reglas
en purificador de brocado, la cruz alzada, los niños
con ropones grana rozagantes, el tintineo de campanillas,
acólitos en una niebla de incienso ... Y en el buque
refulgente de oros y ángeles, entre el cabrioleo
de sus luces, Jesús Nazareno, alzado en la majestad
de su navío, desbordándole la túnica
púrpura, con la cruz enorme de concha, los lirios
en floreros de orfebrería.
La grandeza de la procesión llega a su cénit.
La madre de la Amargura, entre dulce música y aromas,
iluminada con la mortecina luz de su candelería argentina,
se aproxima coronada, bajo el palio de riquezas bordadas,
prendido en sus manos cruzadas, el pañuelo de encaje
de sus lágrimas, derramado el manto de aúrea
flora, reina del sueño lírico de la Semana
Santa.
En el trayecto último, recoleto de las calles postreras
de la procesión, te he seguido hipnotizado por tu
belleza, en el silencio o la música que te arrulla,
entre el aroma de mirra, Madre de la Amargura. Y otros días
del año, al cerrar los ojos, evocaré tu mágica
andadura en las madrugadas altas de los Jueves Santo.
Texto: José Tévar García
ITINERARIO:
Restos
de la Iglesia de Santa María, Santa María,
Castelar, Salvador Pérez de los Cobos, San Roque,
Plaza de la Constitución, Cánovas,Cura Abellán, Canalejas, Amargura y Plaza de la Constitución (dándole la vuelta).
HORARIO:
10:00
de la noche
HERMANDADES:
- Cristo Humillado
- Santísimo
Cristo de la Columna
- Coronación
de Espinas
- Ecce
Homo
- Santísimo
Cristo de la Sentencia
- Santísimo
Cristo de la Caída
- Cristo
de la Misericordia
- Jesús
se encuentra con las Hijas de Jerusalen
- Jesús
de Pasión
- La
Verónica
- Jesús
Nazareno
- Virgen
de la Amargura
RESEÑA
HISTÓRICA:
Siglo
XV (1411) al fundarse la Cofradía del Rosario (por
las predicaciones de Vicente Ferrer, dominico) cuya corporación
organizaba cada Jueves Santo una procesión de disciplinantes.
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