

Itinerario
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Toda la ciudad está
ya recogida, apretada, en el largo itinerario, regado y
bullicioso, de la procesión. Calles del Loreto, del
Rollo, de la Feria, de San Roque, abiertas sus puertas al
aire y a la luz radiante de la mañana.
La gran Iglesia de Santiago tiene en su perímetro
un atrio amplio de losas, con banco corrido y murete de
sillares. Desde allí el paisaje de los campos floridos,
rebrotados, de montes de perfiles singulares, se extiende
hasta un horizonte lejano, velado en su hondo, bajo los
azules puros de abril. Asomados al murete fresco por la
sombra de la torre, vemos llegar, lenta, la grandiosa procesión.
Pasos iluminados de sol de la Samaritana, de Jesús
en Betania, de la Oración en el Huerto, del Beso
de Judas, de Jesús Prendido, del Señor ante
Herodes..., rebrillando oros y metales, entre los sones
de la música, de las trompetas, la multitud y el
revuelo de los nazarenos, los pesados estandartes, hormigueando
de bordados y de flecos.
El Cristo de la Columna, sobre la plata del trono florecido
de clavel, bajo el sol joven de abril, trae recrecidas las
llagas de la flagelación, su carne herida, la fiereza
de los verdugos. Suben la cuesta de Las Acomodadas los cascos,
lanzas, rodelas de los “armaos”, entre el redoble y el trompeteo
antiguo de cada Semana Santa. Se mece la Coronación
trabajosamente hasta el altillo de la cuesta. El Ecce-Homo
aparece relumbrando su potencia trémula, y la Sentencia
se para en el rellano, tomando aliento para remontar la
otra cuesta, hasta el pie de la torre, empujado su trono
de caobas trabajadas con rizado claroscuro. Lento vaivén
de la Caída. El Cristo de la Misericordia con su
Cirineo gira y se tuerce sobre un otero de lirios amasados
al sol. Y el tropel negro y grana de Jesús Nazareno
se derrama alzando fosforescentes estandartes de oros, nubes
de incienso, solemnidad de marchas acompañadas, fino
tintineo de campanillas. El Cristo de la Pasión se
cimbrea dirigiéndose a la Madre postrada. Ya sube
la Verónica. El paño de la Faz aletea a la
brisa, y las andas de volutas y ramos se balancean destellando
los dorados de su hojarasca. La cruz, las potencias, la
túnica morada, abierta en caudal de pliegues del
Nazareno se recortan sobre el verde nuevo y el rojizo de
los cerros del fondo. El trono hierve de relumbres de sol
en las chispas retorcidas de la talla menuda. El Costado.
El estandarte es una reja de encaje ante el cauce de sus
nazarenos carmesí, blanco y negro. Despuntan abajo
de la cuesta los cabeceros de las tres cruces. El Señor,
desplomado en su muerte, entre los desnudos de los Ladrones
atados a las cruces escuetas. La Madre y Juan tienden sus
brazos en la angustia del enigma del drama, con sus ropajes
agitados, restallantes de estofas. La lanza y su jinete,
en el frente. Brillan las coronas de espinas plateadas del
trono en la lentitud de su pesadumbre. Todo el aire es un
redoble, una marcha fúnebre de procesión,
un aviso sonoro de platillos y bombo, de cajas de las bandas
de música, de trompetas... Avanza ya, con ritmo de
ritual, el estandarte de borlas, cordoncillos y sedas matizadas
del Cristo de la Salud. Rojo cardenal, terciopelo y moaré
negros de sus anderos pespuntean la cuesta. Acaban de relevarse
llevando el trono, y el martillo del cabo de andas ha hecho
elevarse, estremeciéndola, la colina dorada, de cristal
encarnado, florida de las andas. El Cristo de la Salud abre
dormido sus brazos, mientras una punta escultórica
de su paño de pureza vuela al viento del Calvario.
Olor de incienso y flores. Morado y rojo del Rollo con el
Descendimiento. El Señor muerto posa su mejilla en
la frente de Arimatea, ya desenclavado un brazo. En lo alto
de la Cruz, Nicodemo sujeta con un lienzo de talle el pecho
herido del Señor. Madre y Discípulo esperan
abrazarlo, desolados. María Magdalena sigue en su
trono, azarosa, esperando con su ungüento calmar la
atroz tortura de la carne del Redentor. Entre tulipas y
rosas, en lo alto de su antigua peana dorada, la Madre Dolorosa
sólo mira a lo alto, pálida, las manos en
súplica desmayada, bajo el palio glorioso del cielo
virgen.
Texto: José Tevar García
ITINERARIO:
Parroquia
de El Salvador, Pasos, Calvario, Cruces, Miguel Trigueros, Acomodadas, Plaza de los
Gastos, Santa María, Castelar, Salvador Pérez
de los Cobos, San Roque,
Plaza de la Constitución, Cánovas, Plaza del Rollo dándole
toda la vuelta, Cnalejas y Pasos.
HORARIO:
11:00
de la mañana
HERMANDADES:
- La
Samaritana
- Unción
de Jesús en Betania
- Oración
del Huerto
- Beso
de Judas
- Jesús
Prendido
- Jesús
ante Herodes
- Santísimo
Cristo de la Columna
- Santísimo
Cristo de la Sentencia
- Santísimo
Cristo de la Caída
- Cristo
de la Misericordia
- Humildad y Paciencia
- Elevación a la Cruz
- Santo
Costado de Cristo
- Santísimo
Cristo de la Salud
- Santa
María Magdalena
- Ntra.
Señora del Primer Dolor
RESEÑA
HISTÓRICA:
Todos
los indicios apuntan a que esta procesión se origina
en los inicios del siglo XVII, al establecerse los franciscanos
en el convento de las Llagas y organizar el rezo de los
Pasos que, al amanecer del Viernes Santo y camino del Calvario,
(de ahí los nombres de las calles actuales del recorrido
antiguo y también de la procesión), visitaba
las estaciones de las hoy calles de los Pasos y Pasos Altos,
acto al que asistirían las Cofradías de penitencia.
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