

Itinerario
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ITINERARIO:
Iglesia
de Santa María, Santa María, Castelar, Salvador
Pérez de los Cobos, San Roque, Plaza de la Constitución,
Cánovas, Pasos, Calvario, Cruces y Salvador Pérez
de los Cobos.
HORARIO:
Viernes Santo 9:30
de la noche. Desde la Iglesia de Sta. María.
HERMANDADES:
- Cristo
de la Expiración
- Santo
Costado de Cristo
- Santísimo
Cristo de la Salud
- Santísimo Cristo de la Reja
- Cristo
de las Cinco Llagas
- Descendimiento
de la Cruz
- Virgen
de las Angustias
- Virgen
de La Piedad
- Las
Lamentaciones ante Cristo
- Traslado
al Sepulcro
- Vera
Cruz
- Santo
Sepulcro
- Santa
María Magdalena
- San
Pedro Apostol
- San
Juan Apostol
- Ntra.
Señora de la Soledad
RESEÑA
HISTÓRICA:
La
procesión del Santo Entierro, cuyo origen está
en 1609, con la fundación de la Cofradía del
Rosario, más antigua que la de la Vera-Cruz, encargada,
hasta hoy, de su núcleo procesional. Es probable
que la Cofradía del Rosario, más antigua que
la de la Vera-Cruz, realizase algún acto similar
al atardecer del Viernes Santo, antes de esta fecha, durante
los siglos XV y XVI.
Suben lentos los nazarenos
y las imágenes por la cuesta de los Pasos. Repleta
de público, la calle, con las capillas del Vía-Crucis
iluminadas, es un cauce de luces temblorosas. El Cristo
de la Expiración, en el estertor de su agonía,
se alza imponente sobre sus andas de caobas minuciosas,
caladas. Se detiene entre el revuelo de sus anderos con
túnicas albas y capuces negros, puntiagudos. Gira
hacia la calle ancha del Calvario, aterida de relente y
de luna, y el trono de la Lanzada, con sus tres cruces,
remonta pesadamente, iluminando los muros del Salvador.
Al fondo, ante los ancianos pinos de la Glorieta, ha encarado
la cuesta, balanceando sus faroles rojizos, el Cristo de
la Salud. Un tambor, un solo tambor, marca el compás,
y en la lejanía, entre el silencio, las marchas procesionales.
Se eleva una nube de incienso que difumina los cuatro flameros
de las Cinco Llagas, al final de la teoría de gonfalones,
cirios e insignias, de encapuchados de negro con flecos
de oro. Gran Crucificado de guedejas y perizoma púrpura,
escalera apoyada en la cruz, y la Madre, hincada de rodillas,
entre rosas coaguladas. Su corona y sus ojos brillan con
las llamas de las antorchas. Lento, cadencioso, la pesadumbre
del grupo del Descendimiento, retemblando el nimbo pulido
de San Juan. Anderos de rojo, en estricta escolta. Luces
en rama de las Angustias. Una sábana extendida en
la roca con la corona y los clavos arrancados al Señor.
Al pie de la cruz, con remates de riqueza y sudario de encaje,
la Madre sostiene el desnudo exangüe del Señor.
Avanza acompasadamente entre la neblina perfumada de los
acólitos, tras el cortejo de nazarenos de negro con
cirios, cruz alzada con tejadillo de duelo, lanza, esponja...
El trono de pétalos de plata del Traslado al Sepulcro,
entre el morado de la cera y las flores. Los Santos varones
llevan al Señor muerto en una sábana abierta,
con puntilla. De la mano yerta del Cristo ha caído
una gota de sangre, transubstanciada en rosa. Lento bamboleo
del trono de las Lamentaciones, con grandes tulipas de velas
verdes. El Señor Yacente, apoyada la cabeza en cojín
bordado, sobre sudario y túmulo, es llorado por la
Madre, San Juan, la Magdalena con su copa de perfumes, todos
con ropajes de velludos intensos. Aguamanil de metal antiguo
y toalla de largo fleco para lavar el cadáver del
Señor.
Y el Santo Sepulcro
Estandarte negro y alto con cintas desplegadas en comba;
el paso de la Vera Cruz, sola, entre faroles, toalla de
soledad al cielo de la noche, pendiente de los brazos. Detrás,
Cruz alzada de suntuosidad radiante; pliegues de hábitos
marfil, cirios, y la carroza del Santo Sepulcro, navegando
con majestad dorada, con sus fanales de bronce para el Señor
Yacente, herido, alzada la cabeza en almohada de roca y
sábana, el cabello derramado.
Anderos de la Magdalena, azul cobalto, soportando la peana
de brillos, de faroles descolgados, tintineantes; los de
San Pedro arrepentido, todos gránate, con el gallo
de plumaje negro, congelado en su kikirikí, y los
de San Juan, blanco y rojo, balanceando el trono de platas,
candelabros y águilas. Bandera blanca, recogida en
broche grande, metálico. El taconeo de las manolas,
corazón con espadas de plata en el pecho de negro,
mariposas de luz de vela en doble fila a lo largo de la
calle, en silencio. Lejana, una marcha fúnebre, y
el resplandor gélido del trono de la Soledad: Argentería
labrada, flora blanca, luces quietas. Entre las manos apretadas,
un corazón con brillo de joya antigua; blondas en
torno a su cara pálida, de angustiada belleza; corona
de soberana entre rayos fulgentes, y el largo manto negro,
recamado.
Tableteo de sillas, rumor de público, música
y tambores en el horizonte del aire. La calle, sola, iluminada
de cruces, bajo las campanas de las horas del reloj del
Salvador.
Texto: José Tevar García |